| MADRID . abc.es
La igualdad entre hombres y mujeres no llegará a corto plazo. Por el contrario, se trata de una batalla de largo recorrido, como revelan todos los indicadores que a nivel mundial ha analizado el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (Unifem). A la luz de las conclusiones de este informe ellas no lo tienen nada fácil. Por ejemplo, hasta dentro de 20 años no conseguirán la paridad en la esfera del poder político en los países desarrollados. Aún llegará más tarde a las naciones pobres, porque hasta dentro de 40 años hombres y mujeres no estarán representados en la misma proporción en la vida pública. Eso siempre y cuando no se baje la guardia a la hora de asignar recursos y esfuerzos a acciones que garanticen la igualdad entre géneros, un ámbito que podría verse afectado por la actual crisis económica.
A estas alturas pocos dudan de que la mujer es un motor para cualquier sociedad. De hecho, el informe de Unifem, presentado ayer por la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, señala los avances logrados en los últimos años para reducir los desequilibrios de género. Pero ello no enmascara los impactantes datos que revelan las tremendas desigualdades que aún sufren millones de mujeres.
A veces, pagan con la vida
A pesar de que cada vez más mujeres se presentan como candidatas a las elecciones, las frías cifras demuestran que ellas sólo ocupan uno de cada cuatro escaños de los parlamentos o asambleas nacionales. Y tan sólo en 22 países se rebasa esa proporción, aunque siguen sin alcanzar la paridad (entre un 40 y 60% de representantes de cada género). Son naciones en las que ellas suponen sólo el 30% de los miembros de las cámaras legislativas.
Lo peor es comprobar que en muchos países todavía se ponen trabas a las mujeres que desean acceder al poder político. A veces, incluso, pagan con su propia vida acariciar tal sueño, como ocurrió en Kenia en las elecciones de 2007, cuando una candidata fue asesinada a tiros y otra torturada por cinco hombres.
El techo de cristal persiste. O si no cómo explicar, por ejemplo, que en muchos países ellas suponen más del 45% de los afiliados a partidos políticos y apenas ocupan un 18% de los cargos ejecutivos de esas formaciones. Y tampoco en el sector privado la situación mejora: por cada nueve hombres en puestos directivos de las empresas hay una mujer. Ellas sólo tienen en su poder entre el 3 y 12% de los altos cargos que toman las decisiones importantes en las compañías. Por no olvidar la disparidad de sueldos: en el mejor de los casos, la mujer cobra un 17% menos que un hombre desempeñando el mismo puesto de trabajo. A veces incluso esa diferencia alcanza el 25%. También la precariedad laboral está feminizada: ocho de cada diez trabajadoras tienen un empleo vulnerable.
La batalla por lograr una representación paritaria en la toma de decisiones en el poder político y económico parece ser la meta de los países desarrollados, al igual que erradicar un monstruo de mil cabezas como es la violencia machista. Sin embargo, las mujeres de los Estados más pobres no sólo tienen que afrontar esos retos sino que, además, su camino hacia la igualdad comienza por el acceso a servicios básicos como el agua, los cuidados sanitarios o la escolarización. Todo ello siempre haciendo frente a la pobreza.
Las lacras de las más pobres
No faltan ejemplos. Las mujeres de África subsahariana pierden cada año 40.000 millones de horas en recoger agua, el mismo tiempo que dedica toda la población activa de Francia a trabajar. Medio millón de mujeres mueren al año por causas relacionadas con el parto o el embarazo y la pandemia del sida se ha feminizado. De los 72 millones de niños que no asisten a la escuela, el 57% son niñas.
Pero también hay que ganar la batalla en derechos. En Uganda, las mujeres se encargan de la mayor parte de la producción agrícola, pero son propietarias sólo de un 5% de las tierras. La violencia afecta a entre un 10% y un 60% de las mujeres y niñas del mundo. Todavía muchas son víctimas de crímenes de honor, de la ablación o utilizadas como moneda de cambio por funcionarios que las explotan sexualmente.
Desgraciadamente, por ahora, aún faltan varias generaciones para salvar y corregir tantas desigualdades.